martes, 29 de noviembre de 2011

Viviendo deprisa


El día de ayer me encontré con una pareja muy joven, ambos caminaban sin prisa por la acera, como si tuvieran toda la tarde para llegar a la siguiente esquina, algo contrastante con el apuro que minuto a minuto me inflinge mi reloj para no regresar tarde al trabajo.

Él, cargando con un par de maletas muy bromosas, no se si pesadas, pero sí bromosas. Ambas de color pastel. Maletas tan grandes que fácilmente superan en volumen a su reducido torso, el cual, parecía resignado a ser aplastado por el señor bolsa rosada y su compañero bolsa cremita.

Su caminar es un poco torpe, arrastrando ligeramente los pies y con lo que a la lejanía parecía una huesuda joroba en su espalda, la cual era difícil medir debido al andar cabizbajo del joven. Nada extraordinario en sus ropas, pantalones holgados y deslavados, y una reducida playera que antes de volverse descolorida seguro era negra.

Ella, de altura un poco menor a la de él, con una postura recta, parece mirar al horizonte. Su cuerpo, de volumen medio y finas caderas, camina lentamente, como esperando a su compañero. Su cabello, rizado y recogido con un broche decorado, de puntas rojizas y muy desgastadas.

Ella, parece llevar algo cargando al frente, yo aún me encuentro a varios pasos de alcanzarlos y no puedo apreciar que es, pero no me es difícil imaginarlo.

Suena mi teléfono, anunciando con su peculiar timbre la llegada de un mensaje. Yo, invadido por la prisa, dejo de contemplar a la pareja para responder con un simple “OK, te marco”, no por no tener nada mejor que responder, sino por no acostumbrar las respuestas largas mientras camino, y menos si voy tarde.

Guardando el teléfono, y habiendo mantenido el paso, de pronto me encuentro a un par de metros de alcanzar a los lentos jóvenes. Estando a una distancia más adecuada y en un ángulo que me permita mas visibilidad, ante mí se muestran detalles que no pude apreciar antes en la pareja.

Él, de cabello largo y caído, desaliñado y de largas patillas, de aproximadamente 18 o 19 años y con la vista clavada al suelo, como pensativo, con los párpados entreabiertos, como si hubiese sido despertado de un profundo sueño apenas unos segundo antes.
Una de las 2 enormes maletas está tan saturada que no logra cerrar el compartimiento principal, dentro de ella alcanzo a apreciar una lata de leche en polvo y lo que parecen ser la patas de un caballo de juguete asomándose.

Ella, de una edad similar a la de él, carga un silencioso bulto envuelto con incontables sábanas y mantas, algo criminal tomando en cuenta la elevada temperatura de una tarde tan soleada
Ella es la única que escucha mi andar aproximarse y se apresura a situarse por delante de su compañero para cederme el paso. Al tiempo que voltea ligeramente su rostro yo agradezco, lo que genera en ella una sonrisa apenas visible y un “de nada” que solo pude entender por conocer la situación que acababa de ocurrir, en cualquier otro momento hubiese entendido “va” o “bah” o “dan”.

Su mirada es triste, pero no de esa tristeza que es provocada por un mal momento, sino de la que se crea en base a una vida de sufrimiento. Quien me esté leyendo podrá creer que no es posible diferenciar con un simple vistazo entre ambos, pero créanme, es posible.

Yo continúo con mi camino alejándome de ellos y finalmente llegando a mi destino, la parada del autobús, en donde no hay nadie esperando, hasta que después de un par de minutos, ambos jóvenes, con su característico andar, llegan y se detienen en la misma parada que yo. Ella toma asiento y él hace lo mismo colocando por un momento las maletas en el suelo, un momento muy breve, pues el autobús se acerca y obliga a ambos a ponerse en pié nuevamente para solicitar que el transporte se detenga con una seña de mano.

Es hora pico y el tráfico eleva aún mas el calor en la avenida, solo de ver ese mar de mantas en los brazos de la mujer, provoca que yo desabroche uno más de los botones de mi playera.
Ambos se acercan a la puerta del autobús pero solo ella sube, él, inexpresivo se limita a subir el primer escalón y con un gran esfuerzo entrega sus dos maletas a la joven mujer, quien se sujeta a una barra en el respaldo de un asiento, le entrega un puñado de monedas al chofer, mantiene a su criatura firme contra su pecho y recibe el equipaje, todo en apenas unos 4 segundos o menos. No se dirige a mi destino, no puedo ayudarla, el autobús emprende su marcha.

Al instante, el encorvado joven da media vuelta y regresa, siempre tan lento, otra vez a recorrer el camino que minutos antes había andado acompañado.
Continúa cabizbajo, arrastrando ligeramente los pies y con las manos dentro de los amplios bolsillos laterales de sus jeans deslavados.
Antes de que alcance a perderlo de vista, llega mi transporte y me alejo a gran velocidad de ese triste y casual punto de reunión.

Tras tomar asiento, sin compañía a mi lado como siempre acostumbro, reflexiono los pros y contras de la dura paternidad/maternidad de una inexperta e inmadura pareja de novatos que motivados por un poco de cariño (ella) y un rostro bonito (él)  se lanzan a una gran aventura de difíciles caminos.

Yo? Yo solo puedo desearles la mejor de las suertes.




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